A continuación, un relato que escribí este verano, con un final creo que interesante. Trata sobre el amor de juventud y el paso de los años:
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SUPERHOMBRES
(c) Carlos Inchaurralde, 2009
Hoy es un día luminoso y claro, como de cristal. Julián me ha llamado para salir y mientras paseo por la larga avenida voy pensando en todo el tiempo perdido que, sin apenas tocarme, me rodea. No me gusta que me hablen cuando pienso y por eso quizás tampoco nunca miro. Oigo ruido a mi alrededor pero no voces ni palabras. Sólo ruido. El diálogo está dentro de mí y hoy mi tertulia privada me habla de aquellos días en los que bajábamos a la orilla del río y construíamos un círculo en forma de tribu que se apretaba al calor del humo y de los tambores de la música. Eran buenos tiempos. Eran tiempos de amor y flores. Aunque también eran tiempos de pesadilla para algunos de esos chicos soñadores que nos acompañaron.
Muchas veces recuerdo con nostalgia aquellos años dorados, aunque no sé muy bien si brillaban con el resplandor de las agujas de Wat Phrakaew en Bangkok o con la luz que emana de la superficie de una lata de anchoas. Recuerdo que en aquellos días nuestra rutina “diferente” era siempre igual, escrita por un ritual de terciopelo pesado, muy pesado. Poco a poco, uno tras otro, íbamos llegando a la dulce y ruidosa sala suprema de nuestro bar favorito cuyo nombre, no entiendo por qué, me resisto a recordar. Cuando había suficiente masa crítica de melenudos y colgados en el local, aparecía el gran encantador con su varita mágica en forma de algo bueno para el espíritu y, como ratones detrás de cierto conocido flautista, salíamos de nuestro encierro al aire silencioso de la calle, que para entonces comenzaba a llenarse de un brillo mágico, como anunciando una conjunción planetaria. Todos los que allí caminábamos en animada procesión nos suponíamos el centro del mundo, que, por supuesto, debía estar en alguno de esos lugares de donde llegaba la buena música y el buen rollo, a saber, San Francisco, Londres, Newport o la Isla de White, como habíamos leído (¿o quizás simplemente oído?) en algún sitio, sin percatarnos de que quizás éstos eran lugares imposibles o inaccesibles, y de que no éramos sino raspados adolescentes en una ciudad de provincias.
Aquéllos eran buenos tiempos. El universo cabía en un puño. O mejor aún: en una nube de humo. Éramos como correlatos vivientes de los personajes de las páginas de algún cómic subterráneo y además lo sabíamos. Por eso, cuando el ritual lo exigía, nos encantaba desempeñar nuestro papel y repetir los conjuros mágicos que desataban la furia de nuestro universo psíquico. Uno tras otro llegábamos a nuestra ubicación de comunión universal y, sentados sobre la hierba húmeda, reíamos y descubríamos que nos conocíamos. Alguien dirigía la reunión, cual tamadá georgiano, y los demás, entre calada y calada de ciertos cigarrillos psicodélicos, entrábamos y salíamos del espectáculo haciendo gala de nuestras habilidades oratorias, musicales, psicotrónicas o qué sé yo qué. En cualquier caso, la música, tarde o temprano, hacía su aparición y el aire se teñía de acordes, ritmos y mantras en idiomas ocultos, simulados, que nos hacían pensar que éramos seres de un mundo paralelo que demostraban su superioridad espiritual a través del sonido de manera inequívoca. Y, justamente, de manera inequívoca, alguno de aquellos imberbes acabaría algún día volando directo al asfalto tras emular a Supermán, o como personaje candidato a papeles secundarios en una película de zombis, o, totalmente descentrado, como el rey del psicocentro. Pero eran tiempos de felicidad, desinhibición y colores, muchos colores. Tiempos de verano y tiempos de ilusión y futuro inabarcable.
Cómo los echaba de menos.
Supongo que debido a la sonrisa tan estúpida que llevaba en la cara no pude evitar recibir un golpe muy fuerte de un ciclista extraviado. El pobre no podía encontrar la salida de la acera, en la que había quedado atrapado desde que salió de su casa. Qué golpe. Cómo me dolió. Pero ni siquiera me dijo una palabra. Cogió su bicicleta, se volvió a montar en ella y siguió su búsqueda de la salida al mundo exterior. Yo me encontraba hacia la mitad de la avenida y, como todavía quedaba bastante camino, intenté recuperar mis recuerdos de superhombres otra vez. Pero por un momento no pude. Una mirada conocida se cruzó con la mía.
- Sara…
Era ella. ¿O sólo me lo parecía? Me acordé de alguien que había conocido mucho tiempo atrás y que hacía mucho tiempo que no veía. Un eco del pasado. Pasó fugaz y casi ni me prestó atención. No sé, a lo mejor no era ella. No puedo confirmarlo, pues aquella persona estaba ya lejos. Quizás creí que era ella por asociación de pensamientos. Recuerdo que una vez leí un libro sobre diferentes teorías que pretendían explicar la telepatía y una de ellas se basaba precisamente en esto, en la capacidad que tiene nuestra mente de conectar ideas por asociación. Aunque para mí la capacidad de asociar era un explicación más plausible para fenómenos de otro tipo, tales como los espejismos mentales o del recuerdo. En el desierto del presente, un fogonazo del pasado se habría escapado de mis recuerdos en vibración.
Sara era una chica que conocí mucho tiempo atrás. A mí me gustaba. Delgada, morena, con unos ojos negros profundos y un pelo largo, liso y misterioso. A veces nos veíamos cuando estábamos con otros amigos y reíamos junto a ellos, aunque normalmente no a solas. Al principio ella siempre estaba con Juana, su amiga del alma, con la que tenía una relación tan estrecha que probablemente las dos no eran sino un desdoble espiritual de alguna entidad superior, única e indisoluble en otro plano de existencia. Eran como el yin y el yang. Sara era morena y Juana era rubia. Sara era fina y Juana tiraba a redonda. Sara era delicada y dulce mientras que Juana era la brusquedad encarnada. Pero eran amigas. Se querían y se complementaban.
Cuando las ideas y los recuerdos surgen, la realidad los devuelve a este mundo en forma de dejà vu o, mejor todavía, en forma de visión fugaz, o de aparición terrenal. Pues eso es lo que era Sara. Un ángel redentor caído del cielo de los recuerdos. Me acuerdo bien de cómo un día llegó el cataclismo para Sara. Juana encontró a su hombre y, como resultado, Sara comenzó a sentirse sola. Ellos siempre estaban juntos y una tercera persona sobraba. Desaparecieron las complicidades, el contacto, la fusión espiritual. En su lugar aparecieron el silencio, la distancia y las miradas de adiós. Sara comenzó a alejarse de su amiga y, a cambio, comenzó a formar parte de aquellos círculos de humo y de sonido que convocaba nuestra pequeña logia. Cuando Juana se perdió, Sara nos encontró. Ya nunca volvería a hablar bien de su amiga del alma. “Está casada”, decía. “Su hombre no la suelta”. “No la conozco”. Todas éstas eran frases favoritas de Sara. La verdad es que yo estaba de acuerdo con ella, pues conocía a la Juana de antes y a la Juana de después. Eran distintas. El amor… ya se sabe.
¿He dicho ya que Sara me gustaba? Hablábamos, nos sentábamos juntos y subíamos alto, muy alto, juntos… Mientras recordaba esto miré otra vez hacia atrás, para ver si volvía a cruzarme con su mirada, pero no, no estaba allí. O si estaba, se confundía con toda la gente que pasaba por la avenida. Como decía, subíamos juntos, pero no solos, pues nos acompañaba el club de la amistad espiritual en aquellos idílicos encuentros grupales sobre la hierba.
Sin embargo, yo sé que estamos unidos para siempre. Un día ocurrió algo muy especial. Había un concierto. Alguien que nosotros conocíamos tocaba en el Teatro Principal. Toda la peña quedó convocada para tan magno acontecimiento y nosotros no podíamos ser menos. Había que estar ahí. Fuimos en grupo, pero por un misterioso azar del destino, tras la marabunta de la entrada, acabamos juntos, ella y yo, sentados uno al lado del otro y lejos de nuestro rebaño. Hablamos y reímos y comencé a sentir cómo la fuerza del universo fluía a través de mí. Me estaba transmutando en supersaiyajin. Y lo único que necesitaba para eso era la energía del aliento y la sonrisa de Sara. De repente se hizo la oscuridad total y unos focos de colores iluminaron el centro del escenario, donde alguien hablaba y daba la bienvenida a las promesas del rock que entre bastidores afinaban sus instrumentos. Unas nuevas tinieblas y cuatro chicos como nosotros salieron a escena como rayos devastadores con sus guitarras rugientes. La sala, tímida primero, comenzó a agitarse desde los primeros compases de la primera canción y para el punteo a lo Hendrix del segundo tema ya era el frenesí y el desmadre total. Unos agitaban sus melenas, otros miraban al vacío con los ojos entornados, otros tocaban guitarras imaginarias en el aire… Sin embargo, alrededor de mí el tiempo estaba parado y la fuerza cósmica brillaba con fuerza desde mi interior. Estaba tan cerca que todo olía a Sara. La toqué, primero tímidamente, después también con suavidad. La abracé. La besé en la mejilla… Cuando recuerdo aquellos momentos, más de veinte años después, pienso en la ingenuidad y el candor de aquel chico que era yo, vibrando en una encrucijada cósmica del flujo universal. Tenía poderes. Poderes que sobrepasaban la imaginación de la raza humana.
Cuando aquel apocalipsis enlatado acabó, las luces de la sala volvieron a brillar con una luz uniforme y sostenida y regresé de mi misión sideral, con la satisfacción de haber salvado al mundo. Una sonrisa tonta nos acompañaba a Sara y a mí de la que yo no me pude desprender en muchos días. La sonrisa del triunfo y la paz espiritual. Lo que pasara luego no tenía importancia. De hecho, ni me acuerdo. El tiempo pasó. La psicodelia se perdió en la memoria. La vida se tornó seria y pesada, y la banda de amigos se dispersó para siempre, unos integrados en el río de lo normal, otros aniquilados en lo que no pudo ser, y otros anulados en un intento de perpetuar lo que ya no existía. Me creía pertenecer al primer grupo, pero ahora ya no estoy seguro. En cualquier caso, ahora paseo por la avenida, el sol luce precioso y claro, y voy al encuentro de Julián. Hay una plaza al final de esta amplia calle. Es la Plaza de España. Ahí nos encontraremos. Julián es un amigo del trabajo que conozco desde hace un par de semanas, pues antes ni siquiera trabajaba en esta ciudad. Hoy he quedado con él para que me enseñe un poco los lugares interesantes de la zona. Ya se sabe, recién llegado, necesito un maestro de ceremonias que me introduzca en los usos y que me presente a la gente del lugar. Trabajamos juntos en una pequeña agencia de publicidad, que decidió contratarme cuando descubrió los reclamos gráficos que había diseñado para mi anterior trabajo. Fue demasiado fácil. Debe ser que ahora no hay crisis y que hay trabajo para todos. O quizás es que soy muy bueno. No sé. Julián me espera con una mano en el bolsillo y otra aferrada a su móvil, que no separa de la oreja:
- Sí cariño, aquí está. Te esperamos. Sí, he recogido a Víctor de la escuela. No, no ha venido Daniela, pero Víctor está con su abuela. Sí, no te preocupes.
Le saludo.
- Hola Julián.
- Hola Jorge. Estoy hablando con mi mujer. Ahora va a venir. Así te la presento. ¿Me disculpas un momento?
Julián a lo suyo. Sigue la conversación en el teléfono.
- Sí, he recogido tu vestido de la tintorería. ¿Sí…? En el coche. He hablado con mi madre y me ha dicho que… ¿Qué pasa con mi madre? ¿Siempre tienes que decir algo de ella?
Miradita furtiva hacia mí. Tema delicado. Mejor un cambio rápido.
- Bueno, ya hablaremos. ¿Estás muy lejos? No, no estoy diciendo que llegas tarde. Sólo te pregunto… No, no lo he hecho. ¿Por qué? Oye, …
Nueva miradita y nuevo cambio de tema.
- Ven cuando puedas… Ah, ¿Que enseguida nos vemos? ¿Que estás casi aquí? No, perdona.
Julián cuelga y se disculpa. Enseguida llegará su pareja. Y a continuación empieza a quejarse. “Está mujer…”, dice, “Todo le parece mal. Si no quería venir, bastaba con que no viniera”. Esta frase abre la puerta a un racimo de quejas sin fin. Que si mi mujer es muy mandona, que si siempre pone pegas a todo, que si no te cases, que si el matrimonio no da más que problemas…
A mí me da igual, porque ahora no pienso en esto. En mi interior continúo recordando a mis amigos, a Sara, la música, los buenos tiempos. Noto más y más la presencia de la fuerza, que ahora está cerca, muy cerca y lo llena todo. Comienzo a recordar instantes del pasado como fotogramas de una película, circulando a baja velocidad, y siento cómo se llena todo de energía. En mi interior vuelve a crecer mi saiyajin primitivo y salvaje. El universo está en vibración. A mi alrededor personas, coches, animales, todo, comienzan a levitar con un fulgor que surge de dentro. Sólo Julián empieza a parecerme como petrificado en una encrucijada entre mundos.
De repente, se oye la voz lenta, pausada de Julián:
- Ah, ¡Por fin! Jorge, te presento a mi mujer.
Doy media vuelta para saludar. En un instante, la avenida, la plaza, los coches, las personas, los animales, vuelven a convertirse en lo que habían sido antes. De repente, la energía, el brillo, la fuerza, todo, como por arte de magia, desaparecen para siempre.
Porque me doy cuenta de que he perdido mis poderes. De mi boca, articulando una sonrisa tonta, casi mudas, sólo salen dos palabras: “Hola Sara”.
Al mismo tiempo, a millones de años luz, una galaxia ha dejado de existir.