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Solaris

Lunes, 24 de agosto de 2009 Comments off

Siempre me han gustado las películas de ciencia ficción, aunque con el tiempo han ido perdiendo importancia en mi escala cinematográfica de valores. Sin embargo, los grandes clásicos del género me parecen insustituibles. Películas como Dune y Blade Runner me parecieron fascinantes, y la segunda me sigue pareciendo una maravilla, a pesar de que ya han pasado años y los efectos especiales muestran el paso del tiempo. También basada en un relato de Philip K. Dick (como Blade Runner), merece asimismo ser “recordada” Desafío Total (Total Recall en su título original). Los relatos de aventuras disfrazados de ciencia ficción, como la Guerra de las Galaxias (Star Wars) y las entregas de Star Trek también me han parecido por lo menos entretenidos. Y, por supuesto, Matrix me pareció una película muy innovadora no sólo en efectos especiales sino también por las implicaciones filosóficas inherentes a la duda de si esto que vivimos es real o es una ilusión (cuestión que también aparece en las películas inspiradas en los relatos de Dick, por cierto).
La lista de títulos no se agota aquí. Aunque, no sé por qué, la ciencia ficción que más me ha atraído siempre es la más “abstracta”, por así decirlo, en la que las preguntas filosóficas están por encima de la acción y lo invaden todo. Esto ocurría en 2001: Una Odisea en el Espacio (2001: A Space Odyssey) de Arthur C. Clarke, pero sobre todo en Solaris. Con este título existen dos películas, basadas en la novela homónima de Stanislaw Lem, la primera dirigida por Andrei Tarkovsky en 1972 y la segunda dirigida por Steven Soderbergh en 2002. Yo me quedo con la de Tarkovsky. No por casualidad consiguió el Grand Prix de Cannes en su edición de 1972. A pesar de la pobreza de alguno de sus efectos especiales (me estoy acordando por ejemplo del fuego que se produce en la sala de lanzamientos) la película adquiere un tono filosófico inigualable, lo que a mi juicio no consigue la película de Soderbergh.
A continuación podemos ver los trailers de las películas de Tarkovsky (1972), arriba, y de Soderbergh (2002), abajo.

La historia que presentan la novela y las películas gira en torno a un extraño planeta, Solaris, que los protagonistas intentan estudiar desde una estación espacial. Este planeta está cubierto por una especie de mar inteligente que, en realidad, está poniendo a prueba a los astronautas de la estación materializando los pensamientos y recuerdos que les atormentan. El personaje principal, Kelvin, es atormentado por la muerte tiempo atrás de su mujer Harye, que se suicidó mediante una inyección letal. Se le aparece de nuevo Harye, no una, sino varias veces, y nunca se puede deshacer de ella. Los otros dos compañeros de la estación también reciben visitantes.
Al final, los que querían estudiar la inteligencia de Solaris se convierten en los estudiados. Este relato es un gran ejemplo de uno de los temas de Lem: la incapacidad de comunicación con otras formas inteligentes por su gran diferencia cualitativa. Pero a mí lo que más me atrae de Solaris es su capacidad de transmitir la gran soledad del hombre en la inmensidad del universo y de cómo podemos llegar a vivir inmersos en las realidades que nosotros mismos creamos en nuestra cabeza. Muchos psicoterapeutas estarían de acuerdo con la afirmación de que lo que nos atormenta no necesita ser sólido para ser real. La solidez que aparece en la película es sólo énfasis.

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