El día de la victoria
En toda Rusia se ha celebrado el Día de la Victoria en la II Guerra Mundial. Para los extranjeros, sobre todo para los que, como los españoles, no tenemos un día especial para festejar este acontecimiento, es un poco difícil entender el significado que tiene para un ruso este día. Pero nos podemos hacer una idea si recordamos que la Unión Soviética fue el país que, con una abismal diferencia respecto a otros participantes en la guerra, tuvo el mayor número de bajas: Se estima que unos 27 millones de soviéticos murieron, casi la mitad del total contando todos los países participantes.
Los nazis entraron en la Unión Soviética arrasando todo lo que encontraban a su paso. Hoy se sabe que era parte de su política oficial la aniquilación total de los eslavos rusos. No debía quedar ni uno. Pero la Unión Soviética resistió. Y no sólo resistió. En la victoria de Estalingrado comenzó el triunfo aliado contra la Alemania nazi. La Unión Soviética fue el gran vencedor de la guerra. Sin ella toda Europa habría caído en manos de la Alemania de Hitler. Los soviéticos resistieron y vencieron. No es casualidad que fueran los primeros en llegar a Berlín al final de la guerra.
Los rusos, como integrantes de la Unión Soviética, han sufrido a los dos políticos más autoritarios y crueles del siglo XX: Hitler y Stalin. Los han sufrido y se han levantado. Y están orgullosos de ser lo que son, rusos. Me dan un poco de envidia, porque yo vengo de un país, España, con poderosos sentimientos de inferioridad y donde a muchas personas les gustaría dejar de ser españoles. Esto no ocurre con los ciudadanos rusos, porque para la mayoría de ellos Rusia, su patria, es un país importante y trascendente en la historia de la humanidad, que aunque capaz de lo mejor y lo peor, también es especial y único.
En la ciudad de San Petersburgo, llamada Leningrado durante la guerra, sus habitantes sufrieron un sitio que duró 900 días y que tuvo como resultado 1.300.000 muertos de hambre y frío. La ciudad resistió y fue liberada. Por eso también celebran con todo su corazón la victoria.
Aquí, en Leningrado, luchó un tío-abuelo mío con la División Azul. Perdió a muchos compañeros. Y mi suegra perdió a sus padres en el sitio de la ciudad cuando aún era una niña.
Las guerras son estúpidas.








Ayer, 4 de noviembre, día en que se celebra la fiesta de la unidad nacional, en San Petersburgo y otras ciudades rusas se estrenó la película “Tsar” (“Zar”). Esta es una película histórica de Pavel Lungin, en la que se narran acontecimientos que ocurrieron durante dos años de la vida de Iván el Terrible, zar conocido por su crueldad y también por su labor unificadora de lo que era entonces Rusia. En particular, se narra su relación con el metropolit (máxima autoridad religiosa en las iglesias ortodoxas) de Moscú Filipp II. El propio zar lo nombró y el propio zar lo eliminó, tras haberlo condenado a prisión por no someterse a su autoridad. Esto ocurrió entre los años 1566 y 1568. Es interesante cómo se muestra en la película el fuerte contraste entre un Iván a veces simpático y entrañable, a veces piadoso y religioso, a veces despiadado y cruel, siempre terriblemente complejo. La película ya se presentó en el Festival de Cannes de 2009, donde tuvo una buena acogida entre los críticos. El interés de esta película frente a otras películas sobre Iván el Terrible (ver más abajo) radica en que no se nos presenta al zar cruel como estadista, guerrero y jefe de un estado, sino más bien como una personalidad compleja, en conflicto con otra personalidad más íntegra representada por Filipp II. De esta confrontación Iván el Terrible sale muy mal parado. La soledad a la que le conduce su obstinación queda clara en la última frase que dice, al final de la película: “¿Dónde está mi pueblo?” (“Gde moi narod?”). Nadie está con él. Se ha quedado solo.











